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José María Di Paola es el nombre del “cura villero” que hace 17 años trabaja en las barriadas populares junto “a los que tienen mucho para dar”, en el camino de la transformación social iniciado por el Padre Carlos Mugica. En 1996 de la mano de Bergoglio, el Padre Pepe desembocó en las villas de la Ciudad de Buenos Aires y luego se convirtió en el Coordinador del grupo de Sacerdotes Villeros. Su obra más importante la llevó adelante en la villa 21-24 de Barracas, al sur de la Capital Federal, donde fundó el Hogar de Cristo en 2008  para rescatar a los pibes del paco, hasta que fue amenazado de muerte y debió irse. Así fue que entre abrazos, palabras de aliento y lágrimas de dolor, una multitud despidió a su padre. Después de haber estado dos años en Campo Gallo, una comunidad rural en Santiago del Estero, Pepe volvió a La Cárcova, en José León Suárez, para vivir desde adentro la fe popular de los vecinos y así transformar la realidad con los jóvenes. Palabra santa de un peregrino incansable que lucha siempre junto a los más humildes por un barrio mejor. 

Padre Pepe Portada

La Iglesia desde adentro

Las puertas de la parroquia Nuestra Señora del Milagro están abiertas a la calle. Después del taller matutino de apoyo escolar, los pibes y las pibas salen caminando con sus cuadernos multicolores bajo el brazo, entre risas y empujones en su apuro por ir a jugar. Todos saludan al pasar. El Padre Pepe los sigue con su mirada atenta desde la puerta de la iglesia, mientras los pasos de los pequeños se adentran en las calles de tierra del barrio La Cárcova en José León Suárez.

A la tierra de los basurales, escenario de los fusilamientos denunciados por Rodolfo Walsh en “Operación Masacre”, llegó Pepe a principios de este año para continuar su lucha social desde “el motor transformador de la fe”, junto a más de 30 mil vecinos que viven en tres barrios: La Cárcova, 13 de julio y Villa Curita. Según cuenta el padre, la mayoría de las familias provenientes del interior del país, “se ganan la vida con el reciclado”.

Desde adentro, es el camino que eligió Di Paola para trabajar en las villas. “Yo vivo dentro de la villa, en una casilla que está ocho cuadras hacia adentro”, cuenta el sacerdote al cual los grandes medios de comunicación bautizaron como “cura villero”, etiqueta que supera la ficción y se convierte en cuerpo y sangre desde la acción cotidiana a través de su construcción diaria  en los barrios que no salen en la televisión.

Peregrino incansable. Pepe trabajó durante más de 15 años en la parroquia Nuestra Señora de Caacupé en la villa 21-24 de Barracas, en la zona sur de Capital Federal, donde fundó el Hogar de Cristo en 2008, al cual define como “una respuesta rápida que rompe con la burocracia estatal para darle una respuesta a un chico adicto en el lugar”. El 8 de diciembre de 2010, cuando era Coordinador del grupo de Curas Villeros, se despidió de la villa entre una multitud que lo llenó de abrazos y palabras de aliento, más allá de la tristeza por perder a un padre. Obligado, frente a las amenazas de muerte sufridas por su lucha para rescatar a los pibes del paco, viajó a Campo Gallo en Santiago del Estero, donde trabajó en una comunidad rural durante más de dos años.

A los 53 años, volvió al vértigo de la ciudad para construir su nuevo hogar en La Cárcova, un barrio humilde en el partido de San Martín. Con la sencillez que lo caracteriza y su empatía con los jóvenes, Di Paola comprendió que cargaría una de las cruces más pesadas: caminar el conurbano como lo había hecho de joven en las villas de Capital Federal pero, esta vez, “sin la historia de una Iglesia tan viva y tan presente en el barrio”.

Fiel creyente de la acción del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, bajo la mirada firme del retrato del Padre Carlos Mugica, el padre Pepe descubrió en las creencias populares “la raíz fundamental para trabajar lo religioso y cultural”. El Gauchito Gil, devoción popular proveniente de la localidad de Mercedes, en Corrientes, es el ídolo pagano que reúne a los vecinos de La Cárcova para celebrar su fe. “Cuando le comenté a Bergoglio sobre la devoción al Gauchito Gil, me dijo: dale para delante”, confiesa el padre, quien asegura que “el que reza frente a la imagen del Gaucho es un católico”.

Luego de este primer acercamiento, Di Paola no dudó sobre cuál sería la forma de instalarse en el barrio. Recuerda que compraron una casa para convertirla en capilla y luego se organizaron con un grupo de vecinos para ir a Luján y a Corrientes a traer una imagen de la Virgen de Lujan y otra del Gauchito Gil. “Eso marcó un punto de cambio porque la villa ya no se atiende desde afuera, sino desde adentro y desde la expresión de fe que tienen los vecinos”, dice con la tranquilidad de quien hace, mientras ceba otro mate.

A continuación, su confesión con La Palmera:

LP: -¿Por qué cree que se genera esa relación con la Iglesia en los barrios más humildes?

PP: -La gente más humilde es la que está más abierta a Dios. Eso pasó siempre. El mismo Jesús dice: “Te alabo Padre, porque estas cosas se la regalaste a los pequeños, a los humildes y no a los sabios”. Creo que la invitación de la Iglesia a trabajar desde los pobres, no es solamente el ayudar al pobre sino aprender del pobre. En general, las clases medias lo que hacen es un discurso que tiene que ver con el ayudar al pobre, lo cual está bien, pero creo que en el trasfondo lo importante es ponerse al lado del pobre y saber que hay algo que le puedo dar, pero hay mucho que tengo que aprender. Creo que la Iglesia tiene bastante de eso. En el fondo, en la Iglesia son todos iguales y uno aprende del otro. Es una nota de los barrios más humildes y también de la procedencia Latinoamericana.

LP: -Usted dice que “en la Iglesia son todos iguales”, pero evidentemente hay un grupo de curas villeros que así se denominan. ¿Cómo es esa relación adentro de la Iglesia entre los curas que están en los barrios más humildes y el resto de los sacerdotes?

PP: -En general, es buena. Yo creo que la experiencia de Iglesia hace que en una comunidad la gente sienta que tiene un lugar importante, valioso y, en ese sentido, se percibe como igual a todos. Después, evidentemente, en el trabajo hay quienes optamos por esta forma de vivir, de trabajar. Pero tenemos muy buena relación en general con todos. Muchas de las cosas que pudimos hacer fue generar una relación positiva con los demás curas. Es valioso cuando se integran de barrios diferentes, por ejemplo: había sacerdotes amigos que estaban en barrios como Palermo y de pronto traían sus grupos juveniles a la villa y daban apoyo escolar o ayudaban en un comedor con alguna actividad artística. Y ahí se daba un cruce de amistades muy grande. El pibe que iba a enseñar, se iba reconfortado porque aprendía mucho del otro. Y creo que eso es muy valioso, las experiencias que los curas hemos hecho por la integración. Curas que vivíamos en la villa con curas que estaban en otros barrios del centro de la Capital.

LP: -¿Por qué usted sintió esa necesidad de vivir y trabajar en la villa?

PP: -En el seminario, mi trabajo fuerte era siempre con los chicos y con los jóvenes. En la época nuestra, se trabajaba mucho la opción de la Iglesia Latinoamericana que es optar por los pobres. En cada lugar que estuve traté de hacer esta opción. Cuando llegué a la villa, sin quererlo, me di cuenta mirando hacia atrás que en una parroquia iba a la cárcel de Devoto, en la otra parroquia iba a las casas tomadas. Cuando estaba afuera, siempre hice esa opción. Pero en la villa vivía profundamente estas dos vocaciones: trabajar por los chicos y los jóvenes y hacer una opción por los pobres, sin que sea una disociación. Así que me sentí muy cómodo y fui adquiriendo esta identidad de cura villero.

El Padre Pepe nos recibió con mates para la entrevista.

El Padre Pepe nos recibió con mates para la entrevista.

“Despenalización de hecho”

Así titularon los curas villeros al documento emitido el 25 de marzo de 2009 cuando denunciaban al narcotráfico en las villas de la Ciudad de Buenos Aires. Cuatro años después, el padre Pepe sostiene su postura con respecto a la despenalización de las drogas y, también, sostiene su trabajo “de prevención, recuperación y capacitación” para rescatar del paco “a los pibes y pibas que no están incluidos en la sociedad”.

LP: -Usted en el 2008 fundó el Hogar de Cristo y actualmente trasladó esa forma de trabajo acá a La Cárcova.

PP: -Sí, estamos en forma incipiente. El Hogar de Cristo es una respuesta rápida que rompe con la burocracia del Estado, es una cercanía como centro barrial en donde se busca un camino, una respuesta a un chico que es adicto en el lugar. La comunidad se hace cargo, en el fondo es eso. Empezamos así, en tres pasos: recibíamos al chico en un centro de día llamado centro barrial, donde teníamos voluntarios: el cura, un operador terapéutico, un psiquiatra; se evaluaba a cada uno y se marcaban caminos para cada caso en particular; y después se los bancaba cuando volvían, porque el problema de los tratamientos cuando se deriva a la gente no es tanto el tratamiento, que es bárbaro, sino cuando vuelven. No se los puede dejar solos. Entonces, casi todos fracasaban porque se iban 6 meses y no se drogaban, pero después volvían. Por eso, el Hogar de Cristo fue una respuesta positiva frente al drama del paco, aunque hay barrios que no tienen paco.

LP: -¿Cuál es la situación en La Cárcova con respecto al paco?

PP: -No, no hay tanto. Hay chicos sí que fuman paco, pero no como se veía en la 21 o en el Bajo Flores. Para nosotros el paco es la droga en el bolsillo de los chicos que no están incluidos en la sociedad, puede ser paco o puede ser otra droga, pero en las poblaciones vulnerables el daño de la droga es total. Entonces, el Hogar de Cristo es una respuesta a eso. Ahora estamos trasladándolo también aquí como centro barrial y estamos dando los primeros pasos. Creo que va a tener forma en estos próximos años.

LP: -En referencia al tema de las drogas, usted dejó en claro su posición frente a la despenalización. En una entrevista pasada, dijo que “primero hay que hacer todo un trabajo previo de infraestructura porque la despenalización es el último capítulo”. ¿Cuáles son los capítulos previos y qué pasos hay que dar para llegar a la despenalización?

PP: -En una población como la que tenemos donde hay cientos de miles que no estudian ni trabajan, son pibes que no tienen posibilidades reales. Yo creo que a partir de la crisis del 2001, si bien hubo un flujo de dinero que permitió al pobre tener acceso a cosas que no tenía -porque yo viví en la villa antes del 2001 y te digo que la pasamos muy mal-, cuando se toman los planes y la asignación universal fue algo positivo porque la economía del pobre tuvo muchas posibilidades que no tenía hasta ese momento; pero para mí, estas crisis dejan una huella muy fuerte, que para poder revertirla va a pasar mucho tiempo. Ya no significa si tiene más o menos dinero, sino más bien que existen daños que pueden ser reversibles pero que implican no solamente que haya una asignación universal o un plan, sino el trabajo con los jóvenes, con las familias. Muchas cosas que tienen que ver y que van a tener que trabajarse durante mucho tiempo. Hay una gran franja de exclusión en la Argentina, que no se puede medir solamente por si se pueden comprar tal o cual cosa. Hay que ver si tienen trabajo o si no tienen trabajo, la capacitación, qué proyecto de vida tienen. Hay un montón de situaciones que son para analizarlas desde un punto de vista social en donde no solamente se le pida al Estado, sino también donde tiene una gran implicancia la sociedad civil. Vos fíjate el Hogar de Cristo como impactó en las villas de Capital y marcó un camino. Estos excluidos hoy en día tienen una esperanza. Hay muchos diseños que tienen que ser comunitarios, no necesariamente pedirle al Estado. Pero para eso tiene que haber una gran convocatoria.

Por eso creo que la despenalización en este marco, es arruinarle la vida a un montón de pibes. Es mostrarle la droga con un acceso muy fácil. Entonces, tiene que haber un camino muy fuerte de prevención, de recuperación y de capacitación, o sea de procesos comunitarios muy fuertes. Y por parte del Estado, una infraestructura que no tiene. Yo ponía siempre el ejemplo de Santiago del Estero, yo estaba en Campo Gallo a 240 km de la capital provincial, y no había un psiquiatra en el hospital. Por lo tanto, si tenías problemas de adicciones, que existían, y necesitabas una medicación, tenías que llevártelo a Santiago.

Nuestra Señora del Milagro, la parroquia de La Cárcova.

Nuestra Señora del Milagro, la parroquia de La Cárcova.

Una Iglesia pobre para los pobres

La frase del Papa Francisco que recorrió el mundo, es un mandamiento que el Padre Pepe cumple todos los días hace más de quince años. Tal vez porque quien lo invitó a la villa por primera vez, es el mismo hombre que hoy invita a los jóvenes del mundo a “hacer lío”. “Bergoglio me acercó a las villas cuando él recién empezaba”, recuerda Pepe, quien en 1996 se desempeñaba como sacerdote en la cárcel de Dévoto y el actual Papa era por entonces vicario de la provincia de Buenos Aires.

Trece años después, Di Paola era el Coordinador del grupo de Curas Villeros que vivían y predicaban “la fe como motor de la transformación social” en las distintas villas de la Ciudad de Buenos Aires. El 25 de marzo de 2009 emitieron un comunicado titulado “La droga en las villas: despenalizada de hecho”, en el cual denunciaban al narcotráfico dentro de los barrios humildes como la principal causa de la inseguridad social, que también tiene su raíz en la “insolidaridad social”. Entonces, las amenazas de muerte llegaron y el padre Pepe tuvo que irse de la villa 21-24 un año más tarde.

“Cuando le dábamos un documento escrito, Bergoglio nos corregía nada más las faltas de ortografía y lo mandaba al boletín del Arzobispado”, afirma Pepe, sonriente, sobre el Arzobispo de Buenos Aires que “eligió hacer la opción por los pobres”. Mientras Di Paola estuvo en la villa 21-24, los curas villeros pasaron a ser más de veinte en toda la Capital durante el arzobispado de Jorge Bergoglio, a quien recuerda como “la única autoridad que venía a la villa a tomar mate con la gente”.

No es extraño que el altar de la parroquia Nuestra Señora del Milagro, esté bajo la protección del Padre Carlos Mugica y del Papa Francisco. Un pequeño cuadro en blanco y negro, inmortaliza el rostro del sacerdote que entregó su vida a la lucha revolucionaria desde la fe, junto a los vecinos de la villa 31 en Retiro; del otro lado, un afiche a color con el saludo del Papa Francisco desde el balcón del Vaticano, reza: “El Papa de las villas”. Pepe recorre a diario las calles de tierra donde crecen los pequeños hombres nuevos de cada barrio, y en su andar incansable, encuentra siempre las huellas de Mugica y Bergoglio que le marcan el camino.

Todas estas declaraciones escritas, son palabra santa en la voz serena del padre Pepe, quien cuenta cómo trabajaron en las villas de Capital junto con su amigo Bergoglio, antes de que se convirtiera en el Papa Francisco. (Para escuchar el audio, hacer click en Play).

De frente al Altar, las imágenes del Padre Carlos Mugica y el Papa Francisco.

De frente al Altar, las imágenes del Padre Carlos Mugica y el Papa Francisco.

Ser cura villero de la Patria Grande en los barrios

LP: -Si bien usted recién decía que la Iglesia no apunta a realizar acciones políticas, ¿hasta qué punto la Iglesia no está haciendo en realidad un cambio social?

PP: -Yo creo que la tradición de la Iglesia es esa. Cuando uno ve la historia de la Iglesia, a veces puede saltar en el medio las cruzadas o cosas así; pero la verdadera Iglesia, la de todos los años, es la de sacerdotes, religiosas, laicos que han tratado de vivir el mensaje de Jesucristo en el momento histórico que les tocó vivir. Entonces, esa es la verdadera vocación de la mayoría de la gente. A veces son formas más visibles, otras no tanto, pero me parece que es un camino de transformación. Yo creo que en la villa 21 hemos logrado sin partidismo político, nosotros como Iglesia, hacer un camino de transformación, donde mostramos que la fe puede ser un motor transformador. O sea, contra el análisis de decir que es el opio de los pueblos, hoy en día el camino es inverso. La fe motorizó un cambio transformador hacia todos los comedores, los talleres de apoyo escolar, las escuelas. Eso se hizo a partir del sustrato que estaba debajo de la fe de la gente. Entonces, eso para nosotros es algo clave que tenemos los curas de las villas: a partir de la fe, no fundamentalista ni esa fe descalificadora, sino una fe bien vivida que es muy transformadora.

LP: -Para las personas que nunca pisaron un barrio humilde y frente a las mentiras de los grandes medios de comunicación, usted que vive acá adentro de la villa y antes hablaba de generar esos lazos de integración, ¿cómo es un barrio?

PP: -Son barrios donde vive gente que tiene una cultura provinciana, una cultura de los países latinoamericanos. Se vive más la Patria Grande en estos barrios. Son barrios muy postergados, con una gran ausencia del Estado por lo cual mucho de los males que, sin querer o a veces queriendo, el que vive al lado piensa que es originado en esos barrios, más bien son los que primero sufren esos males. Por ejemplo, la violencia, la droga. Los primeros en sufrirlos son los más pobres. Y no es que nacieron ahí esos problemas, porque las armas las traen de afuera y la droga también. Entonces, lo primero que tenemos que sacarnos es esa estigmatización que tienen todos estos barrios. Creo que lo más importante es lograr tener una buena lectura, que los medios de comunicación en general no ayudan. Vos fíjate que si tienen que transmitir algo de La Cárcova, no va a ser algo positivo. No muestran a los chicos que entran y salen de apoyo escolar, que son hijos de familias que cartonean y trabajan para ganarse como pueden la vida, sino que te van a mostrar un tiroteo o una muerte. Acá mataron a una nena hace poco, a Ivonne. Murió en una pelea entre bandas hace un mes. Lo que sucede es que las cosas en el gran Buenos Aires tienen menos repercusión que las de Capital.

LP: -¿Cuáles son los desafíos que tiene acá y cómo se imagina a usted en unos años? 

PP: Yo quiero seguir en la villa, el carisma mío como cura es este: ser cura villero. Apunto a que va a costarme bastante tiempo, esta es una población parecida a Zavaleta. Pero yo creo que la transformación se da, compartiendo en el día a día. Así que estos caminos de prevención, de recuperación y de trabajo espiritual que se hacen en estas barriadas va a ir teniendo su efecto. Por ahí vamos a necesitar más tiempo que en la 21, porque el pueblo Paraguayo es muy religioso, allá en la 21 el noventa por ciento son paraguayos. Aquí vamos a tardar más, pero también se va a hacer.

Redacción La Palmera
Leandro Ezequiel Raduazzo

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